Las Huestes del Sobrarbe

ANTECEDENTES HISTÓRICOS

En la primavera del año 714 y como parte del proceso de expansión del Islam, contingentes árabes y bereberes se lanzaron a la conquista del Valle del Ebro, que ocuparon rápidamente y no abandonaron hasta cuatro siglos más tarde.

Considerada como una zona fronteriza, el conjunto de tierras del valle medio del Ebro pertenecía a la Marca Superior o Marca Extrema, de la que el actual Aragón ocupaba su parte central. Fue una región eminentemente agrícola, en la cual ni la ganadería ni la artesanía, con productos de lujo como pellizas, alcanzaron un desarrollo importante.

Antes de la época de los reyes de taifas esta zona estaba encabezada por un jefe de la Marca, nombrado por el poder cordobés, que residía en Zaragoza. De este personaje dependían los gobernadores de los distintos distritos, nombrados, al menos hasta el siglo X, por el califa.

Desde el punto de vista geográfico, las tierras hoy aragonesas solían estar repartidas en varios distritos, como fueron Zaragoza, Huesca, Calatayud, Boltaña y la región del río Piedra y de Molina. En el valle bajo del Cinca, las fortalezas de Monzón y Fraga dependían del distrito de Lérida.

Se desarrollaron importantes luchas entre los propios jefes musulmanes, árabes o muladíes por esforzarse, cada uno de los clanes, en incrementar sus dominios y su área de influencia. La posición extrema de la región con respecto al resto de al-Ándalus concedió rápidamente a la Marca Superior una cierta autonomía política, hasta el punto de que los emires y luego los califas se contentaron con exigir simples muestras de lealtad por parte de los gobernantes musulmanes, otorgándoles una autoridad casi sin límites, pero las numerosas intervenciones militares (los soberanos omeyas comisionaban a sus generales para aplastar rebeliones y en algunos casos se vieron forzados a intervenir personalmente) indican que el poder central tenía la firme intención de seguir siendo el dueño incontestable.

Las acciones fronterizas de las tropas francas suscitaron el alzamiento contra el Islam de los valles pirenaicos, cuyos pobladores seguían siendo cristianos; se formó, sobre el curso alto del río Aragón (Hecho, Canfranc), el pequeño condado de Aragón, que si en un principio fue franco, en el S. IX ya se había independizado bajo el gobierno del conde indígena Aznar I Galíndez.

La dinastía condal de Aragón en la figura de Andregoto Galíndez (hija del Conde Galindo II) y su matrimonio con el rey de Pamplona García Sánchez I, condujo a la unión de ambas entidades políticas, pero conservando Aragón una cierta personalidad que había sido reforzada por el renacer de la vida monástica y la organización de una diócesis coincidente con los límites del condado.

La guerra civil en Córdoba, a principios del siglo XI, no dejó de afectar a la región y, como en el resto de la España musulmana, el derrumbamiento de la dinastía Omeya condujo a la constitución de un estado independiente o taifa. El reino de Zaragoza fue uno de los más brillantes de al-Ándalus durante casi un siglo. Los tuyibíes, clientes de los omeyas, siguieron siendo los dueños de la Marca Superior hasta 1038, en que los Banu Hud llegaron al poder.

Sobre el Pirineo aragonés oriental, en los valles de los ríos Ésera e Isábena, había surgido el condado de Ribagorza, vinculado al reino franco durante el s. XI, y junto con el condado de Sobrarbe fue anexionado por el rey pamplonés Sancho el Mayor (1005-1035).

Los Banu Qasi fueron una importante familia muladí cuyos dominios se situaron en el valle del Ebro entre los siglos VIII y X, durante la pertenencia de esta región a la Hispania musulmana. Descendían del conde Casio, un noble visigodo que gobernaba la región comprendida más o menos entre Tarazona, Ejea y Nájera al producirse la conquista musulmana del reino visigodo y que se convirtió al Islam e hizo vasallo de los Omeyas a cambio de poder conservar sus dominios (hacia el año 713). De ahí el nombre de la familia, Banu Qasi: los hijos de Casio, que acrecentaron su poder e independencia hasta su declive en el siglo IX.

Ramiro I (1035–1063), instituyó por primera vez un reino de Aragón que había heredado y liberado de la tutela navarra, llegando a abarcar ya toda la vertiente hispánica del Pirineo Central. Una norma en su testamento, por la que se impedía repartir entre todos los hijos el patrimonio real, permitió la gran expansión de este reino.

Sancho Ramírez (1063–1094) se hizo vasallo del Papa y le pagó tributo (origen más que probable del uso de las barras como emblema de la casa real de Aragón), e impulsó vigorosamente el avance de las fronteras aragonesas hacia el Sur a costa del floreciente reino musulmán de Zaragoza, constituido sobre el Ebro central después de la disgregación en taifas del califato de Córdoba. La incorporación del reino de Pamplona (1076) aumentó la potencia ofensiva de los reyes aragoneses, y Pedro I (1094–1104) pudo ocupar las ciudades de Huesca y Barbastro, donde fueron trasladadas las sedes episcopales de: Jaca y Roda

Alfonso I el Batallador (1104–1134), en el curso de pocos años, con la valiosa colaboración de la nobleza feudal del sur de Francia, conquistó los núcleos urbanos y comarcas de Zaragoza, Tudela, Tarazona, Calatayud y Daroca, repoblando estas zonas con gentes venidas tanto de sus territorios pirenaicos (entre los que estaría Sobrarbe) como de territorios aledaños, cambiando de este modo radicalmente las estructuras sociales y los horizontes espirituales del pequeño reino de montañeses que hasta entonces había sido Aragón.

El singular testamento del rey Batallador, quien había fracasado en su matrimonio con la reina castellana doña Urraca y no tuvo descendencia, determinó la separación de Aragón y Navarra.

 Símbolos legendarios de Sobrarbe

Dice la leyenda que los cristianos, antes aún de capturar Jaca, habían marchado desde San Juan de la Peña hasta Aínsa y habían tomado este lugar. Pero fueron atacados por una tropa musulmana y dábanlo ya todo por perdido y se imaginaban marchar a la muerte cuando, según cuentan, apareció una cruz de fuego sobre una carrasca y se produjo una milagrosa victoria cristiana. Narrado por el cronista Jerónimo Blancas: “…De este suceso se llamó aquel país Reino de Sobrarbe…”

 

La llamada Cruz de Íñigo Arista, de Aisa, de Aynsa o del Aragón Antiguo; ocupa el segundo cuartel del escudo de Aragón, se trata de una cruz patada (con sus extremos ensanchados y el inferior terminado en un aguzado pico) en plata sobre campo de azur. La Cruz de Íñigo Arista fue símbolo personal de los monarcas aragoneses o signum regis desde Ramiro I de Aragón. También según la leyenda, los habitantes de El Pueyo de Araguás (lugar del Sobrarbe) habían sido sitiados por las tropas musulmanas; Iñigo Arista acudía en su auxilio pero no podía encontrar el lugar dónde se  daba el asedio, entonces se le apareció en el cielo una cruz de plata que señalaba dicho lugar y pudo acudir en su ayuda.

 

 

Otro de sus símbolos son los legendarios Fueros de Sobrarbe. No se conoce texto alguno que pueda identificarse como fuero otorgado por algún rey a esta comarca, que fuese elaborado en ella o que en ella se aplicase. Sin embargo, hacia 1117 Alfonso I concede a Tudela, Cervera y Gallipienzo “aquellos buenos fueros de Sobrarbe para que los tengan como los mejores infanzones de todo mi reino”. Asimismo, varios capítulos del fuero extenso  de Tudela dicen pertenecer al de Sobrarbe. Una parte de ellos coinciden con textos que son conocidos como fueros de Jaca.

Ocurre también – y es lo que ha hecho que la cuestión de los Fueros de Sobrarbe llegara a tener gran importancia política y sentimental- que una tradición legendaria que aparece consignada en el prólogo de algunos manuscritos bajomedievales del Fuero General de Navarra, y que se asienta con fuerza en el siglo XV, afirma la existencia de un reino de Sobrarbe cuyas gentes, antes de que aquel territorio llegara a ser tal reino, habían redactado unas leyes o fueros que habrían hecho jurar al monarca, también por ellos elegido, para limitar su poder. Algunas versiones incluyen la previa designación de un Justicia.

 LAS HUESTES DEL SOBRARBE EN LAS ALFONSADAS

La presencia de gentes del Sobrarbe en las campañas de Alfonso I la encontraremos no sólo en el contingente militar que acompañaba a dicho monarca, dónde varios autores señalan la presencia del Señor de Sobrarbe incluso como uno de los lugartenientes del rey, sino también en el ámbito del carácter repoblador que acompañaba a las conquistas territoriales del Batallador. En la misma ciudad de Calatayud una de las primeras parroquias fundadas por Alfonso I es la de San Pedro de los Serranos -parroquia que estaría situada entre San Pedro de los Francos, Santiago y la colegiata del Sepulcro- para dar servicio a aquellos pobladores montañeses (entre los que estarían los sobrarbenses) que se quedarían a vivir en Calatayud atraídos por los privilegios que el rey concedía a los que venían a ocupar estas nuevas tierras del Reino de Aragón, primero a través de cartas pueblas y en 1131 a través del Fuero concedido a Calatayud. También en dicho fuero aparece de nuevo el territorio de Sobrarbe al firmar Alfonso I como rey de Aragón, Sobrarbe, Ribagorza, Pamplona y Castilla.

En este contexto fundamentamos la presencia de nuestro grupo: Huestes del Sobrarbe, no únicamente como señores y peones de guerra, sino fundamentalmente como repobladores de esta nueva Comunidad de Calatayud, en la extremadura del Reino de Aragón.

El atuendo que hemos elegido para el grupo estaría compuesto básicamente por una saya, calzas, y crespina, complementándose con el uso de veste y almofar, en el caso de los varones. El atuendo femenino estaría compuesto por una saya larga (de cuello a tobillos) y un brial para festividades.

Como elemento identificativo de la Asociación hemos elegido un escudo – a pesar de que el uso de la heráldica todavía no estaba extendido- compuesto por dos símbolos ligados al reino de Aragón: las barras y el dragón.

Tomando como origen más probable de las barras el pontificio, cuando Sancho Ramírez, segundo rey de Aragón y padre de Alfonso I, decidió convertirse en vasallo del Papado. Los documentos papales de ese tiempo ya utilizaban el cintillo de seda roja con hilos de oro; y podría ser que, siendo el único soberano hispánico protegido por el Papa, el rey de Aragón hubiese establecido algún uso del emblema rojigualdo como distintivo propio.

El dragón también ha sido tradicionalmente un elemento identificativo de los reyes de Aragón por la homofonía: dragón-d´Aragón.